Una breve nota sobre este cuento.

La cueva es una antología de cuentos financiada por el FOMAC y actualmente en proceso de edición sin editorial o fecha de publicación. Gira en torno a un personaje: el cavernícola, un reparatodo. A través de él, los cuentos exploran la relación entre las personas y sus objetos queridos, el derecho a reparar, la cultura maker y esa inventiva cotidiana y necesaria que en México no necesita otro nombre que mexicanada.

“Bicicleta” surgió durante ese proceso. En él, el cavernícola encuentra a un reportero varado al costado de la carretera con una bicicleta que no sabe cómo arreglar. Lo que pasa después es un encuentro breve entre dos formas de entender el mundo, mediadas por algo descompuesto.

Lo comparto aquí porque puede que no esté en la versión final del libro. Los manuscritos, como los objetos que se reparan, no siempre conservan todas sus piezas: a veces hay que decidir qué queda y qué encuentra otro lugar. Este es ese otro lugar. También, de cierta forma, un registro de lo que fue hacer La cueva.

Si llegaste aquí desde el encuentro FOMAC 8, gracias por acudir y escucharme. Si llegaste desde otro lado, igual.


El calor rebota contra el asfalto creando olas que distorsionan el horizonte. Voy de regreso al pueblo en mi camioneta después de comprar provisiones cuando veo una figura sentada al lado de la carretera. Me acerco despacio. Es un chico güero, lentes gruesos, con pantalones de mezclilla y una chamarra de cuero que usa para cubrirse del sol. A su lado, una bicicleta volcada, rodeada de bolsas amarradas al marco. Tiene cables expuestos y herramientas regadas por el suelo.

Me estaciono a un lado y bajo con una botella de agua.

—¿Todo bien? —le pregunto.

El chico levanta la vista, me mira por encima de los lentes y sonríe con cansancio.

Oh thank god. Sí, yes, I’m fine. Well, not really. Mi bike murió y llevo como dos horas tratando de revivirla pero fuck if I know what’s wrong. —Toma la botella que le ofrezco y bebe como si fuera la primera agua que prueba en días— Thanks, man. You’re a lifesaver.

—¿Qué tienes ahí? —señalo la bicicleta.

—Es una e-bike, o bueno, era. Dejó de funcionar de la nada. I’ve been checking everything pero no soy electricista, you know? Mi papá me enseñó algunas cosas pero esto… —hace un gesto de frustración hacia el nido de cables— This is beyond me.

Me agacho para revisar. Es una bicicleta eléctrica de tracción trasera con forma de café racer clásica, verde con acentos negros y un asiento de piel alargado color café con leche. Tiene tres baterías cilíndricas, una en cada lado del triángulo del cuadro. Las llantas están cubiertas de lodo y las bolsas son una mezcla de mochilas rotas y cosidas, más pedazos de tela amarrados estilo furoshiki. Varias tienen pintada con aerosol blanco una calavera con casco militar que dice “PRESS”.

—¿Reportero de guerra? —le pregunto.

Photographer and videographer, para ser exacto. Soy Nate, by the way —Extiende su mano manchada de grasa.

—Mucho gusto. ¿Para quién trabajas?

—Soy parte de un collective, somos independientes. No queremos que se normalice la guerra más de lo que ya está, you know? Así que tenemos varios sitios donde tratamos de darle cobertura a todas las guerras que podamos. La gente nos dona y nos repartimos todo en partes iguales, for food and stuff. —Se limpia el sudor de la frente— But right now mi prioridad es esta bike porque sin ella no puedo moverme y sin moverme no puedo trabajar.

Reviso el motor y las conexiones. El cableado es un desastre organizado, funcional pero frágil.

—Esto necesita más que una revisión rápida. Tengo un taller cerca, puedo llevarte y revisarla bien. Te tomará un par de días.

—¿En serio? That would be amazing. ¿Cuánto cobras?

—Depende de qué tenga, pero no te preocupes ahora. Primero veamos qué se puede hacer.

Subimos la bicicleta a la caja de la camioneta junto con todas sus bolsas. Nate se sube al asiento del copiloto y durante el camino no para de hablar. Me cuenta que viene del norte, de donde cae nieve en invierno y los lagos se congelan. Que compró la bicicleta para viajar al sur y conocer, pero terminó documentando conflictos. Que su padre era handy-man y su madre nunca supo de dónde era, pero que si hubiera sido niña lo habrían llamado Mar.

Llegamos a la cueva cuando el sol empieza a caer. Le muestro dónde puede acampar cerca del árbol al otro lado del cerro.

—Es un buen spot —dice— Perfect. Vendré mañana temprano, ¿okay? Quiero ver cómo trabajas, maybe puedo documentar algo. Es bueno para el blog un post diferente de vez en cuando.

—Como quieras —le digo— pero no hagas mucho ruido.


Al día siguiente llega cuando el sol apenas ha salido, cámara en mano.

Good morning! ¿Puedo pasar?

—Adelante, pero todavía no tengo café.

No problem, traje el mío. —Saca una prensa francesa de una de sus bolsas— ¿Tienes agua caliente?

Mientras preparamos café, empiezo a desarmar la bicicleta. Nate toma fotos y video de todo el proceso.

So, ¿qué tan malo es? —pregunta.

—Bastante. Tu cableado es impresionante para alguien que no es eléctrico, pero es un desastre esperando a suceder. Además, esta bicicleta no está hecha para el terreno que quieres cruzar. Las llantas son para ciudad, la suspensión es mínima y el motor no tiene la potencia necesaria para subir montañas con todo este peso.

Fuck. ¿Se puede arreglar?

—Peor no puede quedar ¿Confías en mí?

Nate me mira por encima de los lentes, sonríe.

I mean, no tengo muchas opciones, right? Adelante.

Comienzo extendiendo todos los cables sobre la mesa de trabajo como si fuera un sistema nervioso expuesto. Primero tengo que entender la lógica de lo que Nate construyó: tres baterías en paralelo conectadas a un controlador improvisado, envuelto en cinta aislante, que regula el voltaje hacia el motor. Es funcional pero frágil, cualquier vibración o golpe podría causar un corto.

Corto todos los cables con pinzas hasta tener solo el motor, las baterías y el controlador. Necesito rehacerlo desde cero.

Tomo soldadura de estaño y un cautín. El estaño se derrite a 183 grados Celsius, lo suficientemente bajo para no dañar los componentes pero lo suficientemente alto para crear una unión permanente. Cada conexión debe ser firme, sin exceso de soldadura que pueda crear puentes no deseados. Limpio cada punto con alcohol isopropílico antes de soldar, la grasa o el óxido pueden arruinar la conductividad.

Para proteger las conexiones, uso tubo termocontráctil: plástico que se encoge con calor y crea un sello hermético. Paso el tubo por el cable, hago la conexión, deslizo el tubo sobre la unión y aplico calor con un encendedor. El plástico se abraza al cable como una segunda piel.

El controlador original es inadecuado, así que instalo uno nuevo con mayor capacidad. Este tiene un sistema de gestión de batería (BMS) integrado que monitorea la carga de cada celda y previene sobrecargas o descargas excesivas. Lo monto en una caja de aluminio que fabrico doblando lámina con una dobladora de banco, creando pestañas que atornillo al cuadro de la bicicleta. Ya no estará envuelto en cinta aislante vulnerable a los elementos.

Reorganizo el cableado usando código de colores: rojo para positivo, negro para negativo, amarillo para señales de control. Cada cable lo aseguro con bridas al cuadro, siguiendo las líneas naturales del metal para que quede limpio y protegido. Las bridas deben estar firmes pero no tanto que corten el aislamiento.

Conecto todo a un protoboard primero para probar el circuito. Al girar el switch simulado, el motor gira con un chirrido metálico. Le falta lubricante, pero el circuito funciona. El problema original era la tarjeta madre de la pantalla, completamente frita por un sobrevoltaje. La reemplazo con una nueva que muestra carga, velocidad y autonomía en tiempo real.

—El problema eléctrico está solucionado —le digo a Nate— Mañana la hacemos montañera.


El segundo día empieza antes del amanecer. Nate ya está afuera de la cueva con su café cuando abro la puerta.

Couldn’t sleep —dice— Estoy emocionado de ver qué más le vas a hacer.

Empiezo con las llantas. Las originales son delgadas, para pavimento. Las cambio por llantas de montaña con tacos profundos que muerden la tierra. Son más anchas, lo que significa que también necesito cambiar los rines. Uso una palanca para desmontar las llantas viejas, trabajo que requiere paciencia y fuerza. El neumático se resiste, pero cede poco a poco. Instalo las nuevas y las inflo a 30 PSI, la presión ideal para terreno mixto: suficiente para no pincharse con rocas pero con algo de flexibilidad para absorber impactos.

La suspensión es el siguiente desafío. La bicicleta original tiene una horquilla rígida al frente y ninguna suspensión trasera. Para el terreno que Nate va a cruzar, esto es insuficiente.

Desmonto la horquilla delantera usando una llave Allen de 6mm para aflojar los tornillos de sujeción del manubrio, luego los pernos de la corona de dirección. La horquilla sale como un diente flojo. En su lugar, instalo una horquilla de suspensión con 100mm de recorrido. Estas horquillas funcionan con resortes internos y aceite hidráulico que amortigua el rebote. Cuando la rueda golpea un obstáculo, el resorte se comprime y el aceite controla qué tan rápido regresa a su posición original, evitando que la bicicleta rebote descontroladamente.

Ajusto la precarga del resorte girando una perilla en la parte superior de la horquilla. Muy suave y la suspensión se hundirá con el peso del ciclista antes de que toque un obstáculo; muy dura y no absorberá impactos pequeños. Pruebo comprimiendo la horquilla con mi peso: debe usar aproximadamente el 20% de su recorrido solo con el peso del ciclista. Ajusto hasta que se siente correcto.

Para la suspensión trasera, no puedo modificar el cuadro, pero instalo un asiento con suspensión integrada: un poste con un resorte interno que absorbe los golpes verticales. No es tan efectivo como una suspensión completa en el cuadro, pero ayuda enormemente en terreno irregular.

La transmisión también necesita cambios. El sistema original tiene un solo plato adelante y nueve piñones atrás, diseñado para ciudad plana. Para montaña necesita más rango. Reemplazo el cassette trasero por uno de once velocidades con piñones que van desde 11 hasta 42 dientes. Esto le da velocidades muy bajas para subir pendientes empinadas con todo el peso de sus bolsas, y velocidades altas para descensos o caminos planos.

Instalo un desviador trasero de jaula larga que puede manejar la diferencia de tamaño entre el piñón más pequeño y el más grande. El desviador tiene poleas que mantienen la cadena tensa y la mueven de un piñón a otro cuando cambias de velocidad. Ajusto el límite de movimiento con dos pequeños tornillos: uno evita que la cadena se caiga hacia el cuadro, el otro que se caiga hacia afuera. La afinación es milimétrica, probando cada cambio hasta que suben y bajan sin ruido ni vacilación.

La cadena original es muy corta para el nuevo cassette. Mido una nueva usando la regla del plato más grande con el piñón más grande, más dos eslabones adicionales. Uso una herramienta llamada tronchacadenas para romper la cadena al tamaño correcto y conecto los extremos con un eslabón maestro que se cierra a presión.

Finalmente, ajusto los frenos. Los originales son de tipo V-brake, mecánicos y débiles. Los reemplazo con frenos de disco hidráulicos. Estos funcionan con líquido DOT o aceite mineral que transmite la fuerza de la palanca a las pastillas que aprietan un disco de metal montado en el centro de la rueda. Son mucho más potentes y confiables, especialmente en lodo o agua.

Instalo los calipers en los soportes del cuadro y la horquilla, monto los discos en los cubos de las ruedas, y conecto las mangueras hidráulicas a las palancas. Luego purgo el sistema: proceso de expulsar cualquier burbuja de aire del líquido. Las burbujas comprimen y hacen que los frenos se sientan esponjosos. Uso una jeringa especial para inyectar líquido nuevo desde el caliper hacia arriba mientras abro un tornillo de purga en la palanca. El líquido viejo y las burbujas salen hasta que solo fluye líquido limpio sin aire. Aprieto todo y pruebo las palancas: deben sentirse firmes y detener la rueda por completo sin esfuerzo.

Mientras trabajo, Nate documenta todo con su cámara. A veces pregunta qué estoy haciendo, otras solo observa en silencio. Me cuenta más historias: zonas de conflicto que ha visitado, gente que ha conocido, momentos que lo marcaron. Habla con una mezcla de entusiasmo juvenil y una seriedad que no corresponde a su edad.

—¿Por qué sigues haciéndolo? —le pregunto mientras ajusto el último freno— Suena peligroso y no parece que pague bien.

Because someone has to, you know? La guerra se vuelve normal cuando nadie la ve. Cuando solo son números en una pantalla o un mapa con colores cambiando. But cuando ves a una familia que perdió su casa, o a un niño que no entiende por qué ya no puede ir a la escuela… —se queda callado un momento— I can’t fix anything, pero puedo hacer que la gente vea. That’s something, right?

—Sí —le digo— es algo.


Al tercer día, la bicicleta está lista. Ya no parece la misma máquina que llegó descompuesta. Las llantas agresivas le dan un aspecto robusto, la horquilla de suspensión la hace ver más seria, el cableado limpio y protegido promete confiabilidad. Pero falta algo.

Tomo una pequeña placa de aluminio y la corto en forma rectangular. Con un punzón y martillo, grabo cuidadosamente una palabra: “TESTIGO”. La pulo hasta que brilla y la atornillo al tubo superior del cuadro, justo donde Nate la verá cada vez que monte.

Cuando llega por la mañana con su café, le muestro la bicicleta.

Holy shit —dice, caminando alrededor— This is… esto es increíble, man. Se ve completamente diferente.

Le explico todas las modificaciones: el sistema eléctrico rehecho, las llantas de montaña, la suspensión, los frenos hidráulicos, la transmisión ampliada. Le muestro cómo usar todo, cómo cambiar las velocidades, cómo ajustar la suspensión.

Entonces ve la placa.

—¿Testigo? —pregunta, tocándola con los dedos.

—Dijiste que no puedes arreglar nada, pero que puedes hacer que la gente vea. Eso te hace un testigo. Es importante. No lo olvides cuando las cosas se pongan difíciles.

Nate se queda mirando la placa un momento largo. Luego sonríe, esa sonrisa juvenil llena de esperanza que ha mantenido a pesar de todo lo que ha visto.

—Gracias, amigo. Really. ¿Cuánto te debo?

Le doy un precio justo. Saca el dinero de una de sus bolsas, empaca todo con una eficiencia que habla de meses de práctica, y monta la bicicleta. La enciende. El motor responde con un suave zumbido, sin chirridos.

—Suena perfecto —dice— Feels good too!

Arranca sin mirar atrás, sin despedidas largas. Solo levanta una mano en el aire a modo de saludo mientras desciende por el camino. Lo veo alejarse, las bolsas con las calaveras “PRESS” balanceándose con el movimiento, hasta que desaparece en una curva del camino.

Regreso a la cueva. El sol ya está alto y el calor comienza a ser insoportable. Me siento en mi reclinadora afuera, tomo mis binoculares y observo el horizonte. En algún lugar allá afuera, un joven con lentes gruesos está pedaleando hacia la siguiente guerra, hacia el siguiente testimonio, llevando consigo la promesa de que alguien verá, alguien recordará, alguien dará cuenta.