Salí a caminar esta mañana buscando un árbol. No cualquier árbol, sino uno que me dijera algo, que me diera permiso para escribir el poema de hoy. He hecho esto varias veces en enero, al menos una vez a la semana, a veces más. A veces encuentro el árbol, a veces me encuentran los insectos, el cielo, el aire moviéndose entre las ramas. La ciudad de Chihuahua se ha vuelto extraña para mí, o tal vez yo me he vuelto extraño en ella: ahora sé dónde están los árboles del desierto, cuáles están en flor, cuáles solo resisten.

Enero ha sido un mes de ejercicio. No en el sentido poético y elevado de la palabra, sino en el sentido literal: algo que hay que hacer, un músculo que hay que flexionar aunque no siempre quiera. Algunos días el poema sale interesante. Otros días sale y ya. Pero sale, y eso es lo que importa en este experimento que me impuse sin saber bien hacia dónde iba.

Lo que no esperaba era que hacerlo público cambiara tanto las cosas. Publico cada poema sabiendo que alguien podría leerlo, y eso me obliga a cuidar más, a refinar, a preguntarme si realmente quiero que esto esté ahí afuera. He descubierto que tengo poemas guardados, poemas que escribí en enero pero que no me siento listo para compartir. No porque sean malos, no lo sé todavía, sino porque tocan algo demasiado reciente, demasiado a flor de piel. Son privados de una manera que no puedo explicar del todo. Me sorprende que otros poemas, en cambio, no me cuesten nada soltarlos al mundo. No sé qué dice eso de mí, pero ahí está la información.

La naturaleza se volvió mi inspiración sin que yo lo decidiera conscientemente. Supongo que es lo que pasa cuando sales a buscar poemas con regularidad: empiezas a prestar atención a lo que está ahí, a lo que siempre estuvo ahí pero que nunca habías visto. Me he enamorado de los árboles, de los insectos, del ruido del viento en la tarde. Conozco mi ciudad de una manera nueva, más íntima. Sé dónde crecen ciertos árboles, cuántos hay, qué tan comunes son. Antes caminaba por Chihuahua pensando en otras cosas, escuchando podcasts seguramente, ahora camino para ver.

Pero debajo de los árboles y los insectos hay otra cosa. Hay un subtexto que corre por muchos de estos poemas, un reflejo de lo que va pasando en mi mente, juegos personales que solo yo entiendo completamente. Algunos más obvios que otros. Es curioso cómo la naturaleza se puede volver metáfora sin que uno se lo proponga, cómo escribir sobre un árbol puede ser escribir sobre uno mismo.

No sé si estos son buenos poemas. El tiempo me lo dirá, supongo. Lo que sí sé es que enero me enseñó algo sobre sostener un compromiso creativo, sobre salir a buscar aunque no haya ganas, sobre hacer pública la vulnerabilidad incluso cuando incomoda. Me enseñó que la poesía puede ser un ejercicio y al mismo tiempo ser genuina, que puedo experimentar y refinar al mismo tiempo, que conocer mi ciudad es una forma de conocerme.

Ahora es febrero. El músculo está un poco más fuerte. Los árboles siguen ahí, esperando.